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Desde el 20 de Agosto de 2006

La Ignorancia es la Madre de Todas las Desgracias

Arturo J. Solórzano. Agosto 2004.

El bajo nivel de educación de un pueblo se puede ver en las calles: sucias, llenas de basura; cuando los bebés y niños son utilizados por adultos para pedir limosna; en los buses y taxis parando en cualquier lugar sin importar atrasar a los demás; en el menosprecio a los peatones -no solamente por los conductores sino también por las autoridades municipales que no construyen andenes, aceras, semáforos peatonales, etc.-; en los mercados y otros lugares donde las tiendas, negocios o talleres ocupan los espacios de circulación pública; en los ratings de los noticieros y periódicos de nota roja y de la farsa de los reality shows que hacen de la desgracia de los demás un motivo de entretenimiento; en las escuelas públicas desvencijadas cayéndose a pedazos, con 70 alumnos en el aula casi sin pupitres, con profesores obsoletos y donde buena parte del año son vacaciones; en universidades donde permanecen enquistados catedráticos atrasados que inculcan a los alumnos el desprecio por los empresarios, el mercado y el progreso; en el nepotismo en el gobierno y las empresas; cuando solamente se puede hacer negocios mediante coimas y corrupción; en jueces liberando a narcotraficantes y desfalcadores de bienes públicos; en la justicia retorcida para favorecer al poderoso y perjudicar al débil; en autoridades públicas usando su poder para enriquecerse y permanecer en el poder violando las leyes y persiguiendo a los que disientenen; en las opiniones solicitadas por periodistas a la población sobre temas de los que ambos -periodista y entrevistado- no tienen una idea clara de lo que están hablando; cuando la gente vota por políticos inescrupulosos, deshonestos y … pare de contar porque la letanía es interminable.

En el campo de la economía, el bajo nivel educativo de un pueblo se manifiesta en el tamaño desmedido del sector informal y los bajos salarios en el sector formal; la concentración de la producción en las actividades primarias, artesanales y tradicionales; el escaso desarrollo industrial y de los servicios que usan nuevas tecnologías; el bajo nivel de exportaciones; la escasa capacidad de investigación y desarrollo de productos; el alto nivel de trámites y regulaciones que sofocan a la actividad empresarial; políticas fiscales y monetarias que logran lo contrario de lo que se proponen; en fin, en una cantidad de indicadores que caracterizan a los países subdesarrollados.

De un pueblo ignorante es imposible esperar que pueda tener la capacidad de elegir gobernantes honestos e inteligentes. Cada pueblo tiene el gobierno que se merece, dice ese sabio refrán. Es más, esos mismos políticos se encargan de que la población continúe sumida en la ignorancia, porque son los votos de los ignorantes, fácilmente manipulables, los que les garantizan el poder.

Pero no solamente los políticos, por interés propio, desdeñan cualquier iniciativa dirigida a elevar el nivel de educación de la población, sino también muchos funcionarios gubernamentales en las posiciones más altas e intermedias de poder, asesores y funcionarios de diferentes niveles. Paradójicamente los sindicatos de maestros y autoridades universitarias, con sus actitudes y acciones también obstaculizan que la educación pueda llegar a más personas y con mejor calidad. Es imposible dejar de mencionar también a muchos organismos internacionales de cooperación para los cuales el énfasis de su ayuda al desarrollo ha estado en otros aspectos e insuficientemente en educación. De todo eso hay muchos ejemplos a la vista.

Pedir a los gobernantes, políticos, funcionarios y a todos aquellos que deberían de poner su grano de arena para sacar al país de la ignorancia, que de un día para otro se les ilumine la mente, es como pedir peras al olmo. Y no es porque sean ignorantes en el sentido de falta de educación formal. No es suficiente tener un título universitario para comprender esta relación entre educación y desarrollo. No todos lo entienden ni lo comprenden. Hace falta algo más, que es el sentido común -el menos común de los sentidos-. La capacidad para analizar problemas y encontrar las causas. La capacidad para ver más allá de las manifestaciones superficiales, de los síntomas, y escudriñar en busca de las causas que los originan.

La ignorancia es la madre de todas las desgracias que aquejan a los pueblos, así como se dice que la pereza es la madre de todos los vicios. Es la causa de la pobreza, la desnutrición, las enfermedades, el desempleo, la delincuencia, la prostitución, los accidentes fatales, la contaminación, las protestas que destruyen la propiedad pública y privada, las guerras, las dictaduras y los regímenes populistas, la burocracia, el nepotismo, el proteccionismo, el chauvinismo, el consumismo, y tantas otras lacras que nos mantienen en el subdesarrollo.

Acabar con la ignorancia debe ser la prioridad número uno. Sin embargo, esto no se resuelve solamente con llevar a la mayor cantidad de personas a escalar los peldaños de la educación formal. Eso es resolver una parte del problema y seguir ofreciendo "más de lo mismo". El aspecto poco analizado y estudiado es qué clase de educación deben recibir las personas, qué contenidos deben incorporarse en la educación formal para preparar personas capaces de impulsar, en lugar de entorpecer, el desarrollo económico y social. Si estamos formando jóvenes con métodos y contenidos del siglo XVIII o XIX, tal vez un poco del XX, lo que vamos a obtener son ciudadanos incapaces de transformar la economía y la sociedad, para alcanzar mayores niveles de vida y satisfacción personal.


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