Apuntes de Historia Económica de Nicaragua

Arturo J. Solórzano. Agosto 2005.

Los españoles colonizaron los territorios desde California hasta Argentina con una visión diferente a la que los ingleses tuvieron cuando colonizaron el nordeste de los Estados Unidos.
Para entender la historia económica de América Latina -y por tanto la de Nicaragua- y por qué las economías y sociedades latinoamericanas son muy diferentes a la de Estados Unidos, es necesario remontarse a la historia de los países que colonizaron tales territorios.

América: un continente dividido en dos culturas

Los españoles colonizaron los territorios desde California hasta Argentina con una visión diferente a la que los ingleses tuvieron cuando colonizaron el nordeste de los Estados Unidos. Mientras a las costas de Plymouth llegaron principalmente los peregrinos puritanos, con el ánimo de empezar una nueva y diferente vida escapando de la represión religiosa en Inglaterra, al resto sur del continente llegó el establecimiento español a reproducir el sistema imperante en España. Mientras al Norte llegó principalmente la gente común, al Sur llegó una mezcla de aventureros y representantes del poder: oficiales del gobierno, militares, y religiosos.  Mientras los colonos ingleses veían su nueva tierra como propia, los colonos españoles la veían como un botín de conquista. Mientras los colonos ingleses dependían de sí mismos para subsistir en el nuevo continente, debiendo desarrollar sus propias industrias, los colonos españoles explotaban los recursos agrícolas y mineros usando mano de obra indígena para enviarlos a España y recibir a cambio productos industriales. Vale mencionar que tampoco España producía muchos bienes industriales. España usó el oro de América no para desarrollar su propia industria, sino para comprar productos industriales del norte de Europa. Mientras España consumía, Inglaterra, Holanda, Francia y Alemania producían y vendían. Mientras los colonos ingleses desarrollaban la industria manufacturera en el norte de América para satisfacer sus propias necesidades, los colonos españoles en el sur de América tenían prohibido dedicarse a cualquier industria que el Reino español no considerara necesaria para el beneficio de España. Para España, América debía concentrarse en ser el suplidor de oro y plata –el dinero de aquella época-  y de materias primas.

Para entender la historia económica de América Latina -y por tanto la de Nicaragua- y por qué las economías y sociedades latinoamericanas son muy diferentes a la de Estados Unidos, es necesario remontarse a la historia de los países que colonizaron tales territorios.

Inglaterra y España siempre fueron países con más diferencias que similitudes. Solamente la dominación del Imperio Romano, y luego la religión cristiana, fueron los hechos históricos principales que ambos países tuvieron en común. Sin embargo, la influencia de Roma –tanto en lo político, como en lo económico y lo religioso- fue más profunda y de mayor duración en España que en Inglaterra.

El Renacimiento fue la época en que ambos países empezaron a tomar rumbos diferentes. Mientras en Inglaterra y el norte de Europa se difundió la Reforma Protestante, el Catolicismo hizo de España su bastión más fuerte y la hizo encerrarse rechazando la influencia de la Ilustración por varios siglos. Mientras la ética Protestante enfatizaba en el trabajo como medio legítimo para la salvación – permitiendo así el progreso de las ciencias y la industria- el Catolicismo enfatizaba en la contemplación de verdades inmutables para la salvación –promoviendo una visión estática de las cosas.  Mientras los protestantes desafiaron la autoridad del Papa, reinterpretaron las Sagradas Escrituras y promovieron su lectura y comprensión, traduciéndola a los lenguajes locales; los católicos reprimían cualquier interpretación diferente a la oficial y desestimulaban su lectura. La Santa Inquisición se encargaba de proscribir toda manifestación de disentimiento. Cualquier libro o discurso que remotamente pudiera poner en duda los principios inmutables del Catolicismo, eran proscritos y perseguidos.  En España, y luego en Iberoamérica las misas se hacían en latín aún hasta en el siglo pasado. Los resultados: una cultura de análisis versus otra de aceptación sin objeciones; una cultura en la que se promovía el alfabetismo versus otra en la que se propiciaba el analfabetismo; una cultura en la que se promovía el disentimiento versus otra donde se promovía el autoritarismo; una cultura donde se promovía el trabajo, el mérito y, por tanto el progreso, versus otra donde se promovía el status quo, el conformismo, y por tanto el atraso.

Los valores culturales que hoy distinguen a Estados Unidos de Latinoamérica tienen sus raíces más profundas en la historia de Europa, y particularmente en la historia de Inglaterra y España. Así las personas que emigraron a Nueva Inglaterra llegaron con una visión totalmente diferente a la visión de las personas que llegaron a Nueva España, dando lugar a tipos de sociedades y economías también totalmente diferentes.

La Conquista y Colonización de Nicaragua

Cristóbal Colón descubre Nicaragua en 4to. viaje a las Américas en 1502. Cuando los españoles llegan a Nicaragua, estaba poblada por nativos americanos a quienes los españoles llamaban indios (Cristóbal Colón pensó inicialmente que había llegado a las Indias cuando descubrió América). Habían en Nicaragua varias tribus que remontan su presencia en el país al período Arcaico (8,000 – 4,000 AC). Las Huellas de Acahualinca, pisadas humanas presumiblemente hechas por los nativos escapando de un desastre natural y descubiertas bajo once capas geológicas, fueron analizadas con el método del Carbono 14 y fijaron la fecha del acontecimiento en 5,000 años AC. Los Mangues o Chorotegas y los Nahuas o Niquiranos, quienes habían venido de México, eran las principales culturas en la zona del Pacífico a la llegada de los conquistadores.  En la zona del Atlántico vivían los Sumus, Miskitos y Ramas, quienes habían llegado de Colombia.

El primer contacto entre nativos y españoles fue pacífico y tuvo lugar en Rivas, entre el Cacique Nicaragua y Gil González de Avila en 1523.  Los Nahuas y Chorotegas obsequiaron a los españoles unos 30,000 pesos en oro, que bien superaba la inversión inicial de 8,300 pesos en la expedición. Sin embargo, el Cacique Diriangén al mando de 4,000 nativos obligó a González a replegarse y abandonar Nicaragua. El Gobernador de Castilla de Oro –con base en Panamá- Pedro Arias de Avila, organizó su propia empresa de conquista al mando de Francisco Hernández de Córdoba y llega hasta Nicaragua logrando recoger un cuantioso botín de 135,000 pesos, de los cuales 100,000 envió a la Corona española. En 1524, Hernández de Córdoba funda las ciudades de Granada y León. En honor a él la moneda de Nicaragua se llama Córdoba.

La población nativa fue diezmada principalmente por las enfermedades traídas por los españoles, contra las cuales los nativos no habían desarrollado defensas, y también por el tráfico de esclavos y el trabajo forzado. Se calcula que durante las primeras tres décadas de la colonización española salieron de la provincia de Nicaragua unos 200,000 indígenas con destino a las Antillas y Perú para trabajar como esclavos. Las Leyes Nuevas de Indias promulgadas en 1524 prohibieron la esclavitud y el uso de los indígenas en trabajos pesados. Sin embargo, los colonos siempre se las ingeniaron para desobedecerlas y sobre explotar el trabajo de los indígenas.

La corona española otorgaba a los conquistadores el derecho de administrar las poblaciones indígenas bajo el sistema de encomiendas.  En Nicaragua, los sobrevivientes de la conquista fueron concentrados en 198 pueblos y barrios que tenían su propio gobierno local llamado cabildo. Los cabildos se encargaban de recolectar los tributos en especie, principalmente productos agrícolas y artesanales, que después eran subastados y el producto entregado a los encomenderos, descendientes de los conquistadores y sus principales lugartenientes, quienes debían entregar lo recolectado a la Corona.  A inicios de los 1800, solamente quedaban once de éstos pueblos indígenas.

También, los cabildos debían proporcionar una cuota de sus habitantes para trabajar en las haciendas de los españoles por un período fijo de tiempo a cambio de un salario.  En 1718, el sistema de encomiendas fue abolido y los indígenas pasaron a tributar directamente a la Corona. Los encomenderos recibieron pensiones en compensación. Los corregidores o alcaldes mayores,funcionarios de la Corona a sueldo fijo, eran los encargados de recolectar los tributos de los indígenas, pero valiéndose de su autoridad los obligaban a trabajar en su propio beneficio, sin reportar las ganancias a la Corona. Después de todo, España estaba al otro lado del Atlántico, a varios meses de comunicación.

La Corona española organizó el gobierno en América en varios centros administrativos: En México y parte los actuales Estados Unidos se estableció el Virreinato de Nueva España; en Perú, Ecuador, y Bolivia el Virreinato de xxxx; en Colombia y Venezuela, en Cuba, Hispaniola y las Antillas, xxx; en Argentina y Chile.  Centroamérica, desde Guatemala hasta Costa Rica, constituyó la Capitanía General de Guatemala, con cinco provincias, en la que Nicaragua constituía la provincia más grande con la tercera parte del territorio, y se extendía desde el río Patuca en Honduras hasta la península de Nicoya en Costa Rica.

Sin embargo, los españoles y sus descendientes, en buena parte mezclados con los indígenas, no pasaron de dominar las áreas del Pacífico, Norte y Centro de Nicaragua, áreas donde había importantes poblaciones indígenas a su llegada. Las rutas de comunicación en Centroamérica estaban en el Oeste. El Realejo, al noroeste de León, era el puerto principal que conectaba con Panamá y éste a su vez con España. El sector caribeño de Nicaragua, debido a su espesa selva y la ausencia de una población y cultura nativa importante, nunca fue de interés para los colonizadores. Los ingleses, principalmente piratas, aprovecharon la ausencia española en el caribe nicaragüense y establecieron pequeños enclaves en Bluefields y Greytown.

Las características raciales y culturales actuales de la población nicaragüense trazan sus orígenes en el hecho de que los españoles se asentaron principalmente en la zona del Pacífico y Centro-Norte de Nicaragua y se mezclaron con los indígenas. Las poblaciones indígenas eran más numerosas en el Pacífico por lo que puede observarse un mayor mestizaje en esta área y aún la conservación de rasgos y costumbres indígenas, en comparación con el centro y norte del país, donde hubo menos mezcla y se agrega la presencia de inmigración alemana en el siglo XVIII.  En cambio, en la zona del Caribe, donde las poblaciones indígenas eran más pequeñas y dispersas, la presencia española fue casi nula y si bien los ingleses tuvieron una presencia esporádica, no se produjo la mezcla como en la zona del Pacífico.

Otro evento habría de modificar la composición racial en la Costa Caribe. Aún no es posible determinar la razón por la cual importantes contingentes de africanos llegaron a las costas del Caribe nicaragüense, pero se presume que fueron desembarcados por naves de traficantes de esclavos que no podían llegar a su destino final: el sur de los Estados Unidos o las colonias inglesas y francesas en el Caribe y América del Sur. Otros historiadores dicen que fueron esclavos de ascendencia africana huyendo de las plantaciones de azúcar que los ingleses y franceses mantenían en islas del Caribe. La Corona Española contribuyó posteriormente a profundizar las diferencias entre el lado Pacífico y Atlántico de Nicaragua, mediante leyes que prohibían otorgar la ciudadanía a personas con ascendencia africana.

Los conquistadores españoles tenían la misión de someter a los indígenas por la espada y convertirlos en súbditos propios y de la Corona. La Iglesia Católica tenía la misión de evangelizar a los indígenas y convertirlos a la fe católica. La Cruz y la Espada fueron partes inseparables de la misión española en América. En cada expedición de conquista siempre estaba presente la Iglesia. Al igual que en España, durante el período colonial la Iglesia tenía un gran poder económico. La base de ese poder era la recolección del diezmo que la Iglesia recibía del valor de las cosechas de exportación, como el cacao, el añil y la caña de azúcar. También, como en el sistema legal español los hijos no primogénitos estaban excluidos de la administración del patrimonio familiar, podían escoger seguir la carrera eclesiástica o militar, desarrollándose así los vínculos entre el poder económico, el religioso y el político. También, los peninsulares  -españoles nacidos en España, y luego sus descendientes nacidos en América, los criollos, acostumbraban a donar rentas perpetuas a la Iglesia, con la idea de conseguir su salvación. Esto hizo posible la construcción de muchos edificios religiosos en las principales ciudades. En Granada, pero más en León, pueden observarse aún las iglesias a escasa distancia unas de otras, construidas en una época en que la población era muy pequeña, lo cual no justificaba la existencia de las mismas.

Para poder atraer a los indígenas y mantenerlos dentro de la religión católica, las autoridades religiosas tuvieron que aceptar algunas prácticas de los nativos, propias de sus creencias animistas y politeístas, las que se mezclaron con los ritos católicos y que hoy son características especiales del modo en que se celebran las festividades religiosas en varios lugares de Nicaragua. Por ejemplo, las llamadas fiestas patronales en honor al Santo patrón del poblado, generalmente se mezclan con celebraciones paganas y prácticas ajenas a la fe católica y cristiana.

Sin embargo, las órdenes religiosas también jugaron un papel importante en aliviar las deficiencias del sistema social, a través de la administración de escuelas, orfanatos, dispensarios médicos y ayuda a los más necesitados. De hecho, las más prestigiosas escuelas primarias, secundarias y vocacionales, y una universidad en Nicaragua fueron administradas por órdenes religiosas.

Una vez agotados el oro y la plata que podía encontrarse en la superficie, el cacao,  luego el añil –un colorante azul extraído de un arbusto silvestre- y después el ganado, fueron los principales productos de exportación en los siglos XVI al XVIII. La construcción de barcos tuvo un auge importante en el siglo XVII, debido a la amplia disponibilidad de madera y brea producida a partir de la resina de pino, al algodón y el henequén que se usaba para fabricar las velas y las cuerdas. Sin embargo, las leyes españolas ponían innumerables trabas al desarrollo de la economía local. Por ejemplo, obligaban a vender el ganado en puntos específicos distantes de la provincia provocando pérdidas, y prohibían exportar por puertos del Atlántico, obligando a enviar los productos hasta Guatemala, la capital de la región. Esa es la razón por la cual Nicaragua no pudo desarrollar un puerto en el Mar Caribe, cuando la mayor parte del comercio con el mundo exterior se daba –y aún se da- a través del Atlántico.

En 1655, los ingleses desalojan a los pocos colonos españoles de Jamaica –isla considerada de poca importancia para el Imperio Español- y después obtienen el reconocimiento de España a cambio de la promesa de colaborar en la lucha contra el contrabando y la piratería. Sin embargo, en diferentes períodos de los siglos XVII y XVIII, Inglaterra y España entraron en lucha por intereses en América y los ingleses usaron Jamaica como su base principal para expandir su dominio en las costas del Caribe centroamericano. Es así que desde Belice hasta Panamá, los ingleses ofrecieron su apoyo a los indígenas locales para luchar contra el dominio español y establecer bases permanentes, como en Belice y Bluefields. Los indios mosquitos o miskitos, que poblaban lo que se dio en llamar la Costa de los Mosquitos recibieron armas –mosquetes- que probablemente dio origen a su nombre.

Las rígidas leyes de comercio exterior que España impuso en América, determinando qué, cómo, cuándo y dónde comerciar, promovieron una intensa actividad de contrabando para burlar las leyes de la Corona, en la que comerciantes ingleses, holandeses, y franceses también se involucraban. Los piratas encontraron en este contexto un campo propicio para hacer de las suyas, asaltando naves del comercio ilegal, y luego también naves oficiales de la Corona. El Mar Caribe estaba plagado de piratas, muchos apoyados solapadamente por las escasas posesiones inglesas, holandesas y francesas en el Caribe, donde los piratas tenían sus refugios. Así Nicaragua fue blanco de varias incursiones de piratas que atacan Granada, Ocotal y otros lugares del país. Las autoridades construyen el fuerte de la Inmaculada Concepción para cortarles el paso por el Río San Juan.

En 1761, otra guerra entre España e Inglaterra, alienta a los ingleses radicados en Bluefields a atacar el fuerte de la Inmaculada Concepción con el ánimo de penetrar hasta Granada, siendo repelidos por la guarnición comandada por la hija del jefe militar que acababa de morir días antes. Es por eso que Rafaela Herrera es considerada una heroína. Nuevamente, como parte del enfrentamiento entre España e Inglaterra, esta vez por el dominio de Gibraltar en 1780, el Gobernador de Jamaica envía 1,200 soldados regulares y 400 indígenas a capturar la ruta del Río San Juan, considerada estratégica para dividir las posesiones españolas en el continente, logrando apoderarse de la fortaleza por unos días, para luego retirarse por falta de refuerzos y por las enfermedades tropicales. Horacio Nelson, el héroe inglés vencedor de la batalla de Trafalgar, era entonces uno de los soldados de esa expedición.  En 1789, un tratado Anglo-Español establece la retirada de los ingleses de la Costa Caribe. El nombrado por los ingleses rey de los mosquitos George II acepta el envío de misioneros católicos para reemplazar a los misioneros anglicanos, permaneciendo leal por un tiempo al nuevo jefe español. Sin embargo, los españoles estaban muy ocupados con sus intereses en el Pacífico como para prestar atención a lo que pasara en el Caribe nicaragüense, y muy pronto George II abjuró de su alianza con los españoles cuando estalló una nueva guerra entre España e Inglaterra en 1796.

La Economía post Colonial

La economía nicaragüense, al igual que las demás economías centroamericanas se caracteriza por ser principalmente basada en las actividades primarias: principalmente en agricultura, pesca, alguna minería, y las industrias derivadas.  No es sino hasta mediados del siglo XX que la industria manufacturera empezó a desarrollarse y adquirir importancia, especialmente con la formación del Mercado Común Centroamericano, que hizo posible la instalación de industrias para un mercado más amplio que el limitado tamaño individual de los países. Y no es sino hasta finales del siglo XX que las actividades de servicio adquieren importancia.

Durante los cuatro siglos siguientes a la conquista y colonización española hasta finales de los 1800, las economías centroamericanas eran básicamente agrícolas. La mayoría de la producción agrícola se daba en las llamadas haciendas o fincas, propiedad de una elite de terratenientes, propiedad cuyo origen se remontan al sistema de encomiendas que instauraron los colonizadores españoles en toda América Latina. La mano de obra la constituían principalmente los indios y los mestizos, quienes en parte recibían una paga como salario en dinero o en especie y en parte tenían el derecho de cultivar pequeñas parcelas para su auto-consumo. Mucha de la relación entre estos dueños de haciendas y sus trabajadores era de tipo cuasi-feudal o pre-capitalista. No es sino hasta principios del siglo XX que algunas compañías extranjeras, principalmente compañías bananeras estadounidenses, introducen un modelo de producción y de relaciones que puede calificarse de capitalista en lo referente a la contratación de mano de obra, pero éstos eran enclaves con muy poca relación con el resto de la economía.

Por supuesto que también existían otras actividades económicas, como algunas manufacturas básicas y de servicios, predominantemente artesanales. Varias industrias artesanales como la alfarería y productos textiles se desarrollaron principalmente entre determinados grupos poblacionales indígenas que continúan hasta el presente. La inclinación de estos grupos indígenas por actividades de producción artesanal puede tal vez explicarse como una mejor alternativa al sistema de encomiendas que estos grupos encontraron. Es interesante observar que aquellos grupos indígenas que más han conservado hasta hoy sus características y cultura, son grupos que han mantenido una tradición de ser artesanos emprendedores 1. El espíritu emprendedor en estos grupos puede haber sido un factor determinante en su permanencia, al contrario de otros grupos indígenas que se diluyeron en el mestizaje con los blancos a lo largo y ancho del territorio centroamericano y que hoy constituyen la mayor parte de los segmentos más pobres de la sociedad.

Durante los cuatro siglos anteriores al XX, la propiedad de las haciendas era estrictamente individual o familiar, -y lo sigue siendo en altísimo porcentaje- al igual que el resto de otras pequeñas empresas de la industria y los servicios. No se tienen indicios de la existencia de sociedades, más que las de tipo cerradas entre familiares o eventualmente entre amigos.

Las industrias tradicionales, principalmente artesanales y básicas como panaderías, productos lácteos, confitería, textiles, vestuario, calzado, jabones y cosméticos, etc., eran pequeñas industrias locales dirigidas al mercado del barrio, la ciudad, la región o el país en algunos casos.

Tomemos el ejemplo de las panaderías. En Nicaragua, hasta finales de los 80s no había aún una empresa que produjera pan para su distribución y venta a nivel nacional.  Miles de pequeñas panaderías localizadas en cada barrio o pequeño pueblo, abastecían las necesidades de la población cercana. No es sino hasta en los 90s cuando la empresa mexicana Bimbo se instala en varios países centroamericanos para producir productos de panadería con un sistema de distribución a nivel nacional. Más recientemente, otras panaderías de escala industrial también inician operaciones. De esa manera, muchas de las tradicionales panaderías de barrio desaparecieron en las principales ciudades. Y con ello desaparecieron también muchos productos que estas pequeñas panaderías elaboraban.

También desaparecieron de las ciudades principales los vendedores de sorbetes artesanales, ante el empuje de los sorbetes y helados industriales. Los dulces tradicionales aún se resisten y encuentran demanda ante la avalancha de confites, caramelos, goma de mascar y otros dulces industriales.  La tortilla de maíz, complemento tradicional en las comidas, aún sigue siendo preparada por la “tortillera” del barrio, aunque cada vez más de ellas usan la harina de maíz que una compañía mexicana vende en toda la región, en lugar del tedioso proceso de cocer el maíz con cal y molerlo.  También por eso, los pequeños molinos ubicados en los barrios han ido desapareciendo.  De paso, al menos en la capital, ya no es posible encontrar quien venda algunos productos que el molino hacía posible ofrecer: el maíz preparado para hacer pozol con leche, el cacao con arroz para el “fresco” de cacao, el chingue y la semilla de jícaro. Otros productos que cada quien podía preparar a su gusto comprando los cereales y llevándolos al molino ahora se ofrecen estandarizados por empresas de molinería más grandes, algunas operando a nivel centroamericano: pinol, pinolillo, soya, avena, cebada, y combinados de estos cereales.

Todavía durante los 60s y 70s se acostumbraba comprar la tela y contratar los servicios del sastre o la costurera para hacer la ropa a la medida. Aún el calzado se podía dar a hacer a la medida. Los muebles se encargaban al carpintero de la localidad. La producción de ropa, calzado y muebles, estandarizados en fábricas para su venta posterior en establecimientos comerciales, empieza a tomar auge hasta en los 70s. De esta manera podemos decir que gran parte de la producción manufacturera era de carácter artesanal y se daba en pequeñas empresas individuales o familiares. Muchos productos artesanales eran elaborados a pedido por personas que desempeñaban oficios cuya historia se remonta a varios siglos de antigüedad: sastres, costureras, herreros, alfareros, panaderos, etc.  La mayoría de las empresas que evolucionaron hacia un sistema de producción fabril nacieron como empresas artesanales y continuaron siendo de propiedad individual o familiar.

En el caso de los servicios, la pulpería o la venta del barrio o del pueblo era el tipo predominante de establecimiento comercial. Pequeñas tiendas de alimentos, abarrotes, librerías, farmacias, de vestuario y calzado y otros establecimientos especializados solamente surgen en los centros urbanos principales. Los supermercados y las tiendas por departamentos hacen su aparición tímida hasta en los 70s. Y los edificios que aglutinan a diversos establecimientos de comercio y servicio –llámense centros comerciales o “mall”- surgen a finales de los 80s. 

En otros sectores como los servicios, las cadenas de comida rápida y de comidas foráneas hacen su aparición en los 70s, como McDonalds con sus hamburguesas, y luego le siguen otros como pizzas, pollo frito o rostizado, tacos, etc.  Estos negocios van desplazando poco a poco a los tradicionales: las “fritangas” y los comedores o restaurantes que sirven comida tradicional de la localidad.  La urbanización y el aumento del turismo también permiten la aparición de restaurantes especializados en comidas extranjeras: italiana, árabe, japonesa, mexicana, peruana, argentina, etc., sin mencionar los restaurantes de comida china, primeros en instalarse desde los 50s.

La maestra del barrio que enseñaba a leer y hacer cuentas a los niños era el jardín infantil o la escuela pre-escolar de hoy. El médico general que tenía su consultorio en el barrio pero que también visitaba a los enfermos en sus casas ya no existe más. Ahora los médicos generales solamente tienen cabida en los hospitales o clínicas y el servicio de ambulancias ha eliminado la necesidad de que el médico se mueva a la casa del paciente.

Hablando de tecnologías, podemos decir que toda la tecnología de producción en las empresas manufactureras de carácter fabril que se fueron instalando desde entonces, fue importada de los países más desarrollados. También es notorio que muchas de las fábricas que se instalaron fueron con tecnologías que estaban pasando al desuso en los países desarrollados.  Muchas veces se instalaron fábricas completas con maquinaria y equipos usados.

En toda la historia de Nicaragua, nula o poca tecnología industrial se desarrolló localmente. Las universidades entonces, y hasta la fecha, no fueron capaces de generar profesionales que dominaran las tecnologías básicas, y mucho menos que pudieran inventar o desarrollar tecnologías propias.

La Historia Económica Reciente

No es sino hasta después de la primera mitad del siglo XX que se inicia en Centroamérica un tímido desarrollo de la industria y los servicios. La creación del Mercado Común Centroamericano a inicios de los 60s como una zona de libre comercio expandió los limitados mercados de las cinco naciones centroamericanas, permitiendo la instalación de nuevas industrias manufactureras que abastecían todo el mercado centroamericano y que por su factor de planta –tamaño mínimo para operar- no podían instalarse anteriormente. Con ello vino un mayor desarrollo del transporte, la banca, los seguros y otros servicios complementarios a la operación industrial y comercial. Con ello vino también un aumento de la urbanización y de las actividades económicas ligadas a las demandas de una creciente población urbana. En general, hubo un mayor crecimiento económico y una mejora del nivel de vida reflejada en el PIB per cápita de los países de la región.

Durante el período de auge y desarrollo del MCCA se instalaron las primeras grandes empresas en Centroamérica, muchas de ellas filiales de empresas extranjeras transnacionales y también muchas fueron resultado de joint-ventures entre nacionales centroamericanos y extranjeros. Ninguna de estas nuevas empresas fueron creadas como sociedades de capital abierto.  La participación en el capital de las mismas permanecía cerrada a los socios originales.

Sin embargo, el régimen de protección arancelaria que estableció el MCCA para proteger a las grandes industrias de integración de la competencia de empresas de fuera del área de libre comercio no promovió la reinversión de utilidades en el desarrollo tecnológico de dichas empresas, por lo que poco a poco muchas de ellas fueron quedando rezagadas y perdiendo competitividad frente a empresas similares localizadas fuera del MCCA. En el caso de Nicaragua, con la fuga de capitales y el aislamiento que se produjo en los años 80, aparecieron réplicas de las industrias de integración nicaragüenses en otros países centroamericanos. La mayoría de las industrias de integración se conformaron con vender sus productos en un mercado seguro, protegidas de la competencia por aranceles y nunca pensaron en exportar o fueron incapaces de mirar hacia los mercados extra-regionales.

Mientras tanto, en los sectores tradicionales, como la agricultura, la pesca y la minería, el grueso de las exportaciones, concentradas en productos como café en grano, algodón, banano, carne, azúcar, mariscos, productos mineros y otros, fueron posibles no como producto de la búsqueda de mercados extranjeros por parte de dinámicos empresarios locales, sino al contrario.  La producción de muchos de esos productos fue inducida principalmente por la demanda de empresarios extranjeros interesados en comprar esas materias primas, y en algunos casos la producción sólo fue posible mediante la inversión extranjera directa y el manejo de la misma por parte de empresas extranjeras, como en el caso del banano, mariscos y productos mineros. De no haber sido así, y en lo que toca a la mayoría de productores locales, probablemente aún estarían produciendo estrictamente para el mercado interno.

Los casos del algodón y del café, que tuvieron sus épocas de auge y luego de crisis,  ilustran uno de los valores culturales de muchos empresarios nicaragüenses como es el de vivir hoy y no preocuparse por mañana, lo que lleva a la falta de previsión, a no usar las ganancias prioritariamente para invertir, sino para el lujo y la ostentación.  Esta falta de preocupación por el futuro les impidió invertir para al menos asegurar la sostenibilidad de la fuente de las ganancias, ya no digamos para invertir en industrias alternativas para minimizar los riesgos de los vaivenes del mercado. 
 
Las PYMEs también tuvieron su época de oro, al menos en algunas industrias como la de alimentos, vestuario, calzado, productos químicos y otras, durante los años 80.  Con la fuerte caída de las exportaciones y el control que sobre las importaciones y la asignación de materias primas y otros recursos ejerció el gobierno sandinista, se promovió la producción local en dichas ramas industriales, como alternativa a la falta de moneda extranjera para financiar la importación de productos similares. Eso fue posible gracias a líneas de crédito para la compra de materias primas y donaciones en especie proveídas por los países del entonces “campo socialista”.  La asignación de materias primas se hacía prioritariamente a cooperativas –para miles de artesanos la única posibilidad de continuar en el negocio era asociarse en las cooperativas-, y a algunas pequeñas o medianas empresas individuales de mayor tradición y presencia en el mercado. Al mismo tiempo, el gobierno elevó los aranceles a la importación de bienes similares a niveles altísimos, lo que aunado a la devaluación de la moneda y las múltiples tasas de cambio, resultaba en un precio prohibitivo para productos similares importados.

Las PYMEs de esas actividades industriales aumentaron su producción para llenar parte del vacío dejado por la falta de importaciones de bienes similares.  Se dio entonces un “boom” en la producción de estas ramas que privilegiaba la cantidad antes que la calidad.  Nacieron muchas cooperativas que dieron empleo a buena parte de la población urbana que no era absorbida por el fuerte crecimiento del empleo en el aparato estatal o por el servicio militar. Ciertamente, el desempleo era mínimo durante el gobierno sandinista.

La mayoría de la producción se canalizaba a través de las redes del comercio estatal, y una buena parte estaba destinada al ejército y las raciones entregadas a los empleados estatales.  De esta manera, los artesanos asociados en cooperativas y los pequeños empresarios no tenían que preocuparse por el mercadeo y las ventas, como tampoco por la compra de materias primas, solamente por producir sin importar la calidad, pues toda la producción era comprada por el gobierno a precios previamente definidos, luego de descontar los créditos por materias primas entregadas, que dejaban casi siempre una ganancia razonable.  Más que PYMEs, estas cooperativas y pequeñas empresas eran maquiladoras y las personas al frente de las mismas, más que empresarios eran jefes de talleres de producción.  El gobierno decidía cuánto podían producir, con qué insumos se debía producir, a qué precios y a quién debían vender. Lo mismo sucedió con las empresas medianas y grandes que aún operaban en el país en esa época y que seguían siendo de propiedad privada. En las estatales, que conformaban las empresas del “Area Propiedad del Pueblo (APP)”, en su mayoría administradas por burócratas sin espíritu empresarial, ya no se diga.

En el campo, la agricultura también pasó por esta situación. La reforma agraria sandinista expropió grandes cantidades de tierra y las entregó principalmente a cooperativas de ex-trabajadores agrícolas, aparceros y campesinos minifundistas que no tenían idea de las técnicas de producción a gran escala, mucho menos de la administración de las fincas o haciendas agropecuarias -de todas maneras, esto último no hacía mucha falta porque el gobierno es el que proveía los insumos y compraba la producción, lo que se necesitaba era mano de obra para hacer producir la tierra, no empresarios agrícolas-. También aquí, las empresas del APP agropecuario se manejaban igual o peor que sus pares industriales de las ciudades. En el afán por aumentar la producción que el país requería para el consumo interno y para generar ingresos por exportaciones, se dilapidaron ingentes cantidades de insumos como fertilizantes y  plaguicidas cuando los había, se invirtió en maquinaria de tecnología socialista en las empresas estatales sin preocuparse de entrenar a los trabajadores en su uso y de darles el debido mantenimiento, resultando luego en cementerios de chatarra. El crédito se entregó a manos llenas por el estatal Banco Nacional de Desarrollo a quien lo solicitara y para cualquier cosa que significara producción. Algunos se volvieron millonarios al comprar activos fijos con crédito bancario, por el solo hecho de pagar los créditos con moneda devaluada a un ínfimo porcentaje del valor del préstamo original.  

Situaciones similares, salvando sus peculiaridades, también pasaron el resto de sectores de la economía, principalmente aquellos donde se había pasado la propiedad al control y administración estatal, tales como la banca, la minería, la pesca y parte de la construcción, y aquellos donde desde siempre fue una actividad del sector público tales como energía, agua potable y comunicaciones.  La educación y la salud también sufrieron el efecto de la preocupación por la cantidad y el desprecio por la calidad que mencionamos en el caso de la industria manufacturera, aunque hay que reconocer el éxito del gobierno sandinista en ampliar la cobertura de salud básica y educación a una gran mayoría de la población que antes no tenía acceso a la misma. Tal logro fue posible gracias a la gratuidad de los servicios de salud, incluyendo medicamentos básicos, a la Campaña Nacional de Alfabetización, la gratuidad de la educación primaria y secundaria y el subsidio a la educación superior.  Pero como no hay “almuerzo gratis”, este gasto del gobierno -que junto al gasto en defensa significaba el grueso del presupuesto estatal- sin contrapartida real en la generación de ingresos, produjo una acelerada inflación que trastocó la economía en los últimos años de la década del 80.

Pocos son los sectores de la economía donde el gobierno sandinista no quiso inmiscuirse mucho –con la lógica de que no eran “productivos” o “estratégicos”- y dejó a los empresarios en libertad para manejar sus negocios, entre los que podemos mencionar el comercio de bienes no considerados como “básicos”; los servicios de transporte, hoteles y restaurantes, centros de entretenimiento, bienes raíces, escuelas y clínicas privadas, y demás servicios personales; algunas pequeñas industrias y artesanías de bienes “no básicos” -y la agricultura campesina de frutas, hortalizas y otros productos agrícolas de producción limitada y poco consumo.  (analizar si en estos sectores se mantuvo el espíritu empresarial)

No es pues para asombrarse, que el espíritu y la experiencia empresarial se haya perdido en los sectores donde el gobierno mantuvo a los empresarios como meros encargados de producir bienes y servicios, sin tener que preocuparse del resto de las actividades que cualquier empresa tiene que realizar para mantenerse operando un una economía de mercado.  Se acostumbró a los agricultores, artesanos y dueños de negocios a que el Estado les proveyera el crédito, los equipos, las materias primas y demás insumos, y luego les comprara toda la producción sin reparar en asuntos de calidad. En honor a la verdad, gran parte de los que se incorporaron a este modo de operación semi-empresarial, tampoco antes habían pasado por la experiencia de ser empresarios.

A finales de los 80, cuando el gobierno sandinista no tiene más opción que reducir el gasto público en un intento por combatir la inflación, se ve obligado a despedir a miles de trabajadores del inflado aparato estatal, proceso que se conoció como la “compactación del Estado”.  A los “compactados” se les proveyó de una módica suma de dinero a manera de indemnización que podían usar como capital inicial para empezar un pequeño negocio.  De ahí surgen miles de pequeños negocios que los ex-trabajadores estatales inician, generalmente sin ninguna experiencia y preparación.  La mayoría se decidió por el comercio –lo más fácil, rápido y sencillo para empezar- y es así que las ciudades se llenan de pulperías, fritangas, mini-restaurantes, y cualquier otro negocio para el que alcanzara el pequeño capital recibido del Estado. Muchos fracasan y otros se mantienen.  Es la generación de PYMEs producto de la “compactación del Estado”.  Posteriormente, al finalizar la guerra, otros miles que habían estado enlistados en el ejército también habrían de engrosar el sector de desempleados, entre quienes no faltaba quienes optaran por iniciar un negocio para seguir subsistiendo, sin más preparación para ello que la militar.

Meses después del advenimiento del gobierno de Violeta Barrios de Chamorro, se reducen de golpe y significativamente, los altísimos aranceles que protegían a las PYMEs industriales de la competencia de productos importados –cabe decir que el gobierno se cuidó de no hacer lo mismo con los aranceles de productos producidos por algunas empresas que pertenecían a ciertos grupos de poder- 2 .  Esta reducción fue particularmente traumática para las ramas del vestuario y del calzado, pues de pronto, se abrió el mercado a la competencia del exterior y arrasó con miles de pequeños talleres acostumbrados a un mercado cautivo obligado a consumir su producción. La mayoría de las cooperativas de vestuario y calzado se disolvieron, lo cual demuestra que, más que el convencimiento de sus miembros de los beneficios que trae la asociación, el cooperativismo había sido una imposición del gobierno para facilitar el control del flujo de bienes. Dado que el nuevo gobierno se retiró del papel de suministrador de insumos y comprador de bienes terminados, el incentivo que mantenía unidos a esos artesanos en las cooperativas desapareció y cada quién tomó su parte y se retiró a trabajar independientemente como antes lo habían hecho, sólo que ahora las condiciones del mercado eran diferentes, había más competencia y muchos no pudieron resistirla. Otros emigraron, principalmente a Costa Rica, donde el gobierno continuaba protegiendo a la industria local.

Pero la emigración no ha sido exclusiva de este período. Durante los 80s la emigración se dio principalmente entre los adversarios políticos y los afectados por el régimen sandinista, y entre los jóvenes que huían del servicio militar obligatorio.  A partir de los 90s hasta hoy, la emigración se da principalmente por la falta de oportunidades de empleo en el país. Paradójicamente, los emigrantes se han convertido en la principal fuente de ingresos en moneda extranjera para el país, superando las exportaciones totales. Según el Fondo Multilateral de Inversiones del BID (Fomin), los emigrantes enviaron a Nicaragua unos 788 millones de dólares en remesas durante el año 2003.

La liquidación de la banca estatal –realizada a puertas cerradas y en la que el Estado perdió millones- y la apertura a la instalación de nuevas instituciones financieras con un mínimo requerimiento de capital inicial, significó el fin del crédito barato, de las continuas reestructuraciones de saldos deudores, y de las condonaciones masivas de deudas que habían sido la práctica durante la administración sandinista. Si fueron justificadas o no estas políticas no es asunto relevante para discutir aquí, pero lo cierto es que también de esta manera, se enviaba un claro mensaje a los ciudadanos, de que el Estado tenía la obligación de resolver los problemas financieros de los mismos, sin siquiera hacerles ver que para eso debía, o imprimir más moneda sin respaldo que alimentaría la espiral inflacionaria o usar fondos de los contribuyentes a los que nunca consultó.

El camino al infierno está plagado de buenas intenciones. Acciones como ésta y las demás intervenciones del gobierno antes mencionadas dieron como resultado, que se reforzara en las personas la mentalidad de que el Papá Estado estaba obligado a proveer empleo, crédito y servicios gratuitos, como si fuera dueño de un inagotable pozo de petróleo. Probablemente nada hizo más daño a la economía y a las posibilidades de desarrollo del país que inculcar en la mente de las personas una actitud dependiente del proteccionismo estatal, una fe casi absoluta en el poder mágico atribuido al Estado y una creencia en su obligación de proveer los medios de vida y servicios gratuitos a las personas, lo que resulta en un auto convencimiento irracional de que se tiene derecho a exigir beneficios que están fuera de las posibilidades y recursos con que el país cuenta.  Muchas de las huelgas y protestas que han tenido lugar han sido alimentadas por estas creencias y actitudes –aunque hay que reconocer que en algunos casos los motivos han sido legítimos, como en los recientes paros y protestas de los maestros del sector público-. 3

Continuando con las finanzas, la naciente banca privada de inicios de los 90s empezó tímida y prudencialmente a otorgar crédito a las actividades de menor riesgo y rápida recuperación. Las altas tasas de interés hacían virtualmente imposible invertir con crédito bancario en otra cosa que no fuera el comercio y algunos servicios. La agricultura, demasiado riesgosa por su exposición a los azares de la naturaleza, estaba prácticamente fuera de consideración como sector elegible para el crédito. Para el resto de sectores económicos, los préstamos de largo plazo para inversión fija también eran prácticamente inexistentes. De ahí que, al desaparecer la banca estatal, no habían fuentes de crédito a plazos y tasas de interés adecuadas que promovieran el desarrollo de las PYMEs, y particularmente de las manufactureras.  Vale decir que la banca privada tampoco estuvo interesada en ofrecer créditos a las pequeñas empresas, debido a que el costo unitario del manejo del crédito no le era atractivo.  Para llenar este vacío surgen y se desarrollan durante los 90s las instituciones de micro crédito o instituciones financieras no convencionales, apadrinadas por organizaciones extranjeras y usando metodologías financieras novedosas en el país pero ya probadas en otros países latinoamericanos. 

Las micro financieras proliferaron como hongos por todo el país y llegaban hasta los rincones geográficos donde los bancos no tenían interés en llegar, supliendo con créditos de manera expedita a una gran cantidad de micro empresarios ávidos de préstamos, que estaban fuera de los parámetros bancarios para ser considerados como sujetos de crédito.  Este crecimiento sin precedentes se dio a pesar de que las tasas de interés que se cobraban eran más altas que en la banca formal, lo cual dio motivo para que legisladores populistas que no comprenden el funcionamiento del mercado pasaran una ley limitando las tasas de interés a niveles menores al máximo que cobra la banca formal.  Lo que produjo esta absurda medida fue todo lo contrario a lo que los legisladores pretendían: los sujetos de crédito de mayor riesgo, siempre los más débiles, quedaron sin acceso al crédito.

Mientras tanto, la banca privada formal, consistente con su política crediticia conservadora y en un ambiente de ausencia de fuentes alternativas de crédito más baratas, tuvo un crecimiento espectacular durante la década pasada, acumulando ganancias millonarias. De esa manera, la banca privada se capitalizó a costa de extraer, mediante altos intereses, parte de las ganancias de otros sectores de la economía que vieron así mermadas sus posibilidades de inversión y crecimiento. 4  

Uno de los negocios redondos de ciertos grupos financieros continúa siendo las tarjetas de crédito, que cobran altas tasas de interés.  Este negocio encontró un terreno fértil en la cultura nicaragüense del vivir hoy sin importar lo que pase mañana, de gastar más de lo que se gana, de la ostentación y la falta de frugalidad. Miles han quedado en la bancarrota por el uso de las tarjetas de crédito más allá de sus posibilidades.

Más de diez años han pasado desde entonces, en los que los gobiernos han implementado políticas económicas de corte liberal –salpicadas algunas veces con intervencionismo estatal en el mercado-. Se concluyó la privatización de las empresas estatales, primero las del antiguo APP en los 90 –proceso poco transparente por cierto- y más recientemente los bancos estatales que quedaban y los monopolios de servicio público como energía y telecomunicaciones, proceso que tampoco estuvo exento de oscuros procedimientos que indican la presencia de prácticas de corrupción, algo en lo que se distinguió el gobierno de Arnoldo Alemán.

En 1998, el huracán Mitch causó severos daños en la agricultura y la infraestructura vial, por lo que la cooperación internacional no se hizo esperar y llovieron las donaciones y los préstamos al gobierno de Alemán, además de los que venían siendo gestionados por el gobierno anterior para implementar proyectos de infraestructura social. Este flujo de fondos externos permitió al gobierno emprender varios proyectos de construcción de carreteras, puentes, caminos, escuelas y otros. Mientras tanto, fondos provenientes de la tributación interna eran malversados sin que apenas pudiera notarse, pues era evidente que el gobierno estaba ejecutando obras – Obras, no palabras, era el lema del “Gobierno Alemán”-. Por supuesto, las obras se ejecutaban con fondos externos.  La corrupción también se incrementó en el sector privado pues el ejemplo venía del gobierno. También afectó a los programas de asistencia a las PYMEs, cuando se sustituyó personal calificado por seguidores partidarios. Peter Spycher, representante de la cooperación suiza fue expulsado por oponerse a estos desmanes. La cooperación internacional fue perdiendo la confianza en el gobierno y los flujos de fondos volvieron a disminuir.

Durante los últimos cinco años se avanzó rápidamente en la apertura del comercio exterior, proceso todavía inconcluso –aún persistirán sectores protegidos años después de la entrada en vigencia del CAFTA -; se facilitó la inversión extranjera con incentivos fiscales y la construcción de infraestructura para zonas francas que atrajo empresas y generó empleos y exportaciones, aunque de poco valor agregado 5; similares incentivos posibilitaron más inversiones en la industria turística, incentivos de los que por cierto se privó a las PYMEs de manera discriminatoria.

Mientras tanto, a lo largo de las últimas décadas y hasta el presente, el modelo de propiedad del capital de las empresas ha permanecido sin cambios. La inmensa mayoría son de propiedad individual o familiar. Unas pocas son sociedades anónimas de capital accionario pero cerradas a la inversión del público.  

Al gobierno de Enrique Bolaños le corresponde el mérito de haber logrado la aprobación de varias leyes importantes relacionadas con la modernización del Estado y  el desarrollo de un ambiente regulatorio favorable a la operación de los negocios y de haber impulsado otras iniciativas que aún no se materializan.  La promoción de la competencia, la protección de los derechos del consumidor, la protección de la propiedad intelectual, la simplificación de trámites burocráticos, la modernización del registro de la propiedad, la garantía de una justicia imparcial, el acceso no discriminado a las compras del Estado, el acceso a la información en las entidades públicas, la contratación de las personas por sus méritos y la carrera de servicio público, la reforma del sistema de pensiones, para mencionar algunos temas importantes, requisitos indispensables para el desarrollo económico del país. El país ha avanzado hacia esos objetivos, en unos más, en otros menos, pero a paso de tortuga y superando las zancadillas y los obstáculos que políticos sin vocación de servicio de vez en cuando interponen para defender oscuros y mezquinos intereses.

El gobierno del Presidente Bolaños recuperó la confianza de los acreedores y de la cooperación internacional, al estabilizar los indicadores macroeconómicos y emprender el combate a la corrupción, por lo que logró la condonación del 80% de la deuda externa oficial después de cumplir los requisitos de la Iniciativa para los Países Pobres Altamente Endeudados, permitiendo la reanudación del flujo de créditos y ayuda al desarrollo. Más recientemente, y por los mismos motivos, Nicaragua fue seleccionada para tener acceso a los fondos de la Cuenta del Milenio.  Sin embargo, aunque el país ha empezado a inspirar confianza en los políticos extranjeros, no puede decirse lo mismo de los inversionistas privados, aunque algunos han empezado a invertir en uno que otro proyecto. Aún persisten situaciones que despiertan temores entre los inversionistas, algunas de ellas tienen que ver con reformas que están pendientes de hacerse en las instituciones públicas. Otras tienen que ver más con la cultura nicaragüense.

El regular desempeño de los principales agregados económicos 6, el aumento del nivel de ahorros y la influencia determinante de la economía internacional, principalmente de Estados Unidos, han precipitado a la baja las tasas de interés desde 2003, lo cual ha sido una bendición para los inversionistas. De hecho, el despegue reciente en la construcción de proyectos comerciales y habitacionales hubiera sido impensable con las altas tasas de interés vigentes hace cinco años.  Esta reducción, sin embargo, no se ha producido en el caso de las tarjetas de crédito, a pesar del continuo crecimiento de las ganancias de las empresas emisoras –aquí los tarjeta-habientes necesitan que otros competidores entren al negocio. 

No cabe duda que la competencia en el mercado, donde ésta existe, ha traído beneficios a los consumidores. La reducción de los aranceles a la importación –si bien ha tenido alguna  influencia en el aumento del déficit comercial y el desplazamiento de la producción local con el consecuente desempleo- ha permitido la reducción de precios para los consumidores.  Un ejemplo que los nicaragüenses podemos ver muy concretamente es la entrada de competidores al mercado de telefonía celular, que acabó con el monopolio del que gozaba Bell South y con los exagerados precios de los aparatos y los servicios. Sin embargo, los precios aún continúan altos en comparación con otros países centroamericanos. Otro ejemplo es el cambio que los supermercados tradicionales tuvieron cuando se instaló PriceSmart, ofreciendo a los consumidores la posibilidad de comprar ciertos productos en mayor cantidad a menor precio. Y más recientemente el monopolio cervecero tuvo que ofrecer una nueva marca de cerveza a menor precio para competir con la introducción al mercado de Cervecería Río de Guatemala. Necesitamos que otras empresas entren también a romper con otros monopolios que todavía siguen sangrando al consumidor nicaragüense, como en la telefonía convencional, energía eléctrica, televisión por cable, entre otros. Adiós a la autarquía, bienvenida sea la globalización.

Esa palabra que a muchos asusta es un proceso que no tiene retroceso. El avance inexorable de la tecnología ha venido haciendo desaparecer las fronteras nacionales al flujo de información, de capitales y de mercancías, reduciendo las distancias, los tiempos y los costos. Nada ha contribuido más decisivamente a ello que Internet -la World Wide Web. Solamente el movimiento libre de las personas continúa formalmente limitado, pero la gente siempre encuentra un modo de burlar las limitaciones y no está lejano el día en que deje de estarlo.

Las economías nacionales son cada vez más interdependientes y las crisis –también los auges- que experimenta un país se propagan rápidamente y tienen efecto en los demás. Buena parte de la producción de bienes y servicios ha dejado de identificarse con un país determinado. Un teléfono, un computador o un carro que antes por su marca de fábrica se consideraba sueco, americano o japonés, ya no lo es más pues sus componentes provienen de diferentes países y se produce también en países diferentes. Por eso los éxitos y los fracasos en estos negocios internacionalizados se propagan rápidamente hacia la red de encadenamientos de suplidores y clientes, provocando el crecimiento o el descenso en ramas industriales y hasta en economías enteras de los países, siendo los efectos más rápidos y más potentes en los países en que sus economías están más interconectadas por el comercio y los flujos de capital.

Las empresas que se mueven en el comercio internacional no sólo han desarrollado nuevas tecnologías para fabricar nuevos productos dirigidos a llenar necesidades insatisfechas de los consumidores, sino también han creado con ellos nuevas necesidades antes insospechadas, cambiando el modo de vida de sociedades enteras. ¿Era imprescindible para Ud. un teléfono celular hace 10 o 15 años?  Paralelamente, esas empresas también han desarrollado nuevas tecnologías de administración de recursos humanos, de mercadeo y ventas, de financiación de sus operaciones, y en general de gestión y administración empresarial. Son como locomotoras que avanzan cada vez con mayor fuerza, a la cual se le enganchan cada vez más vagones a su paso, abriéndose paso en nuevos territorios o mercados. Las personas que han subido a esos vagones pueden disfrutar del viaje y los beneficios de la conquista de esos mercados. Los que no suben a los vagones –ya sea porque lo intentan y no lo logran o porque no están interesados- pierden la oportunidad de viajar en el tren del progreso.

Quien pretenda pensar que se puede detener la marcha de este tren, está cerrando los ojos a la realidad.  El avance de la globalización es tan inexorable como el de la tecnología. Más temprano que tarde –y para muchos ya es un poco tarde-, las empresas que no se transformen para ser capaces de competir en este mercado cada vez más globalizado, están condenadas a desaparecer.  Y los gobiernos y poderes políticos que no logren acabar con las trabas institucionales que obstaculizan el desarrollo de los negocios serán en parte responsables del desastre. 

En este contexto económico, llegamos al 2004 y las PYMEs –con contadas excepciones- aún marchan con un perfil bajo, a un ritmo vegetativo, sin expectativas de perfilarse como un sector dinámico que empuje el crecimiento económico del país. ¿A qué se debe esa situación de virtual estancamiento? 

Sin embargo, el sector de la pequeña empresa sigue siendo el mayor generador de empleo e ingresos del país y sobrevive a pesar de todas las desventajas y adversidades que ha tenido que enfrentar, lo que dice mucho del carácter y persistencia del pequeño empresario nicaragüense. ¿Qué puede hacerse entonces para capitalizar este elemento positivo y convertir a las PYMEs en un motor principal de la economía nacional?  

Hace 100 años, o aún más recientemente en algunas actividades económicas, no se requería tener estudios o entrenamiento en administración de negocios para manejar una empresa con relativo éxito. Bastaba dominar una técnica de producción, de servicio o de ventas y un poco de sentido común para invertir y obtener ganancia para poder asegurarse un medio de vida operando un negocio. Satisfacer las necesidades de un mercado local –a veces limitado al barrio, el pequeño pueblo o la ciudad-, estable, poco exigente, en un ambiente de escasa –a veces nula- competencia, no requería de sofisticadas habilidades empresariales para hacer dinero con un buen negocio, ya no digamos al menos para obtener el ingreso para el sustento familiar.  
 
Si no, veamos la historia de las actividades tradicionales en que las pequeñas empresas han sido predominantes: la producción artesanal de productos alimenticios como panadería y repostería, tortillas, conservas, dulcería y confitería, quesos, productos de molinería, especias, etc.; vestuario, calzado, productos de cuero, de madera, textiles y de fibras vegetales, de metal, de barro y cerámica, muebles, imprentas, materiales de construcción, y otros de la industria manufacturera. En los servicios las actividades tradicionales han sido los comedores y restaurantes, hospedajes, transporte –taxis y botes fluviales-, peluquerías, cerrajerías, y otros ofrecidos por trabajadores por cuenta propia. Destaca el comercio tradicional, concentrado en pulperías, tiendas de abarrotes, librerías, farmacias, ferreterías, de vestuario y calzado, etc.

Hoy, este tipo de negocios está siendo gradualmente desplazado por la competencia de empresas extranjeras, que operan con una lógica empresarial moderna, donde la escala de producción, la tecnología, la publicidad, los sistemas de mercadeo, los servicios agregados, hacen la diferencia.


Ejemplos son los indígenas guatemaltecos y los indígenas nicaragüenses de Masaya, particularmente de Monimbó. No puede decirse lo mismo de las etnias miskita, mayagna y otras de la costa caribeña.

Es interesante notar, sin embargo, que algunas medianas -grandes para el tamaño del mercado- industrias también sufrieron las consecuencias de la reducción arancelaria: aceite, jabón, papel higiénico, productos químicos, metálicos y otras.  Curiosamente, otras continuaron protegidas por aranceles prohibitivos, como es el caso de los pollos y las bebidas alcohólicas.

Las protestas más irracionales y dañinas para el país han sido -quién lo diría-, las de los universitarios, un sector de la población supuestamente entre los más instruidos del país. ¿Por qué esa actitud irracional de exigir como merecido un 6% del presupuesto con todo y déficit? No sería nada irracional sino fuera porque eso significa dejar sin acceso a educación básica a medio millón de niños, que no tienen las posibilidades de manifestarse con letales morteros y bloqueos de calles, ni edad para trabajar –algo que los universitarios sí tienen-.  Al parecer, los magníficos rectores, catedráticos y dirigentes estudiantiles que impulsan y organizan estas protestas son también ciegos creyentes en el mito del Papá Estado, analfabetos en economía o simplemente defienden sus mezquinos intereses.

Si hay un sector de la economía nicaragüense que no ha sido afectado por las crisis en los últimos años, éste ha sido la banca. Cuando empresarios y funcionarios bancarios inescrupulosos causaron la quiebra de varios bancos privados, el gobierno de Arnoldo Alemán en la persona del Banco Central, salió al rescate de los socios de los bancos y endeudó al gobierno emitiendo títulos de deuda interna con intereses estratosféricos, deuda que aún continúa pagando el contribuyente nicaragüense. Los bancos sobrevivientes a la crisis compraron los despojos de los bancos quebrados a precios de remate, adquirieron con descuentos la cartera sana y dejaron al gobierno –léase a los contribuyentes- con las cuentas incobrables.

Las exportaciones netas de las empresas maquiladoras bajo el régimen de zona franca no son significativas, ya que casi todos sus insumos son importados.  Tal vez la mayor contribución de las zonas francas a la economía nacional, además del alivio al desempleo –aunque con salarios de subsistencia-, sea el entrenamiento de la fuerza laboral en la disciplina y técnicas que exigen los procesos de producción fabril, algo de lo que carecen los trabajadores nicaragüenses. 

El crecimiento del PIB ha sido modesto pero persistente y la inflación ha estado limitada a un dígito en los últimos años, el déficit fiscal cuenta con financiamiento externo y las reservas internacionales van en aumento.  Sin embargo, persiste un gran desequilibrio en la balanza comercial pues el país ha sido incapaz de incrementar sus exportaciones, que han permanecido prácticamente estancadas en los últimos años.

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